Cuando ser madre hace que dejes de ser tú

Cuando te das cuenta de que llevas meses sin hacer algo solo porque te apetece.

Cuando llega un hijo, la vida cambia por completo. Cambian las prioridades, el tiempo, el descanso, la rutina, el cuerpo, las emociones, la relación con la pareja…todo cambia. No solo nace un bebé, también nace una madre.

Pero hay algo de lo que se habla poco: el riesgo de que, en ese proceso, la mujer desaparezca detrás de la madre.

Y eso ocurre de una forma tan silenciosa que muchas veces no nos damos cuenta hasta que llevamos meses —o incluso años— viviendo así.

Cuando tú siempre eres la última

Al principio parece algo puntual: “hoy no quedo con mis amigas que el bebé me necesita”, “hoy no puedo sentarme a leer porque hay mil cosas pendientes”, “hoy no salgo con mi pareja que el bebé llora cuando me voy”

Y un día se convierte en todos los días. Sin darte cuenta, empiezas a funcionar con una idea muy interiorizada: primero mi hijo, después el trabajo, después la casa, después mi pareja y si sobra algo… entonces yo.

El problema es que casi nunca sobra algo. Y así pasan las semanas, los meses, a veces incluso los años.

Hasta que un día te miras al espejo y piensas:»¿dónde estoy yo en todo esto?»

Ser una buena madre no significa dejar de ser mujer

Existe una presión enorme alrededor de la maternidad. Queremos estar presentes, hacerlo bien, llegar a todo…sin darnos cuenta, confundimos cuidar con anularnos.

Pero ser una buena madre no consiste en desaparecer. De hecho, cuanto más desapareces tú, más difícil resulta sostener todo lo demás.

Una mujer agotada tiene menos paciencia, menos energía, menos ilusión, menos capacidad para disfrutar, y también menos espacio para cuidar de su relación. No porque haya dejado de querer a su pareja, sino porque ya no le queda nada que ofrecer después de pasar el día entero entregándose a todo el mundo.

Algunas señales de que te has colocado al final de la lista

Quizá no te identifiques con todas. Pero si varias de ellas te resultan familiares, merece la pena pararse un momento.

  • Hace mucho que no haces algo únicamente porque te apetece.
  • Siempre encuentras tiempo para los demás, pero nunca para ti.
  • Te sientes culpable cuando alguien cuida de tu hijo para que puedas descansar.
  • Has dejado de hacer actividades que antes disfrutabas.
  • Ya no recuerdas cuándo fue la última vez que te arreglaste porque tú querías sentirte bien.
  • Hablas con tu pareja casi exclusivamente sobre niños, horarios, compras o tareas.
  • Cuando tienes un rato libre, lo utilizas para adelantar cosas pendientes en lugar de descansar.
  • Sientes que sobrevives más que disfrutas.

Si has ido leyendo esta lista pensando «soy yo», quiero decirte algo: no significa que estés haciendo las cosas mal, significa que probablemente llevas demasiado tiempo dejándote para el final.

Y la pareja… también empieza a desaparecer

Este es uno de los aspectos que más me encuentro en las sesiones. Muchas mujeres llegan preocupadas porque sienten que su relación ha cambiado: ya no hablan como antes, ya no se buscan, ya no se ríen, ya no se abrazan, ya no hacen planes, y enseguida piensan que el problema es que el amor se ha terminado.

Pero muchas veces no es eso. Lo que ha desaparecido es el espacio para cuidarlo.

Cuando una mujer lleva meses funcionando en modo supervivencia, es muy difícil que tenga energía para conectar con su pareja. No porque no quiera, sino porque está agotada.

Y lo mismo suele ocurrir con el padre. Los dos empiezan a funcionar como un gran equipo de logística: quién recoge al niño, quién hace la compra, quién prepara las mochilas, quién llama al pediatra…son un gran equipo como padres, pero poco a poco dejan de sentirse pareja.

Volver a priorizarte no significa dejar de cuidar a tu familia

A muchas mujeres les cuesta muchísimo escuchar esta idea porque enseguida aparece la culpa: «¿cómo voy a dedicar tiempo para mí con todo lo que hay que hacer?»

Pero cuidar de ti no significa dejar de cuidar de los tuyos, significa entender que tú también formas parte de esa familia, y que tus necesidades también cuentan.

No hace falta empezar con grandes cambios. De hecho, suelen funcionar mucho mejor los pequeños pasos.

Te dejo algunas ideas para empezar:

  • Reserva un pequeño espacio para ti cada semana.No tienen que ser dos horas, a veces veinte minutos marcan la diferencia.
  • Haz algo que no tenga ninguna utilidad.No todo tiene que ser productivo: leer, caminar, tomarte un café en silencio, escuchar música. Lo que sea que te recuerde que sigues estando ahí.
  • Pide ayuda sin sentir que estás fallando.No tienes que demostrar constantemente que puedes con todo.
  • Vuelve a hacer una pequeña cosa con tu pareja.No hace falta organizar un fin de semana romántico.A veces basta con cenar juntos cuando los niños se duermen, salir a dar un paseo, abrazarse un minuto más, hablar de algo que no sean los hijos. Los pequeños gestos repetidos tienen mucha más fuerza que los grandes planes que nunca llegan.

No dejes que la madre haga desaparecer a la mujer

No vas a volver a ser la mujer que eras antes de tener hijos. Y tampoco hace falta. Has cambiado, han cambiado. Ahora son una familia.

Pero dentro de esa familia sigue habiendo una mujer que necesita sentirse vista, cuidada y escuchada. Y también sigue habiendo una pareja que necesita tiempo para seguir encontrándose.

Porque una cosa no excluye la otra. Ser madre no significa dejar de ser mujer y tampoco dejar de ser pareja.

Y cuidar de ti no es un acto de egoísmo, es una forma de cuidar también el lugar donde crecen tus hijos.

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