Hijos, trabajo, pareja, familia, amigos, compromisos, recados, tareas, “es que debería”, “tengo que”, “hay que”… Vivimos envueltos en una lista infinita de cosas que hacer. Y lo hacemos bien. Nos esforzamos, lo damos todo, y además tratamos de hacerlo con buena cara. Pero cuántas veces, entre tantas cosas, te preguntas: ¿Qué quiero yo?
Y no hablo de caprichos pasajeros ni de deseos del momento. Hablo de parar un segundo —aunque sea en medio del caos— y preguntarte con sinceridad: ¿Qué quiero para mí? ¿Qué necesito? ¿Cómo me siento?
Vivir en automático
Durante mucho tiempo, yo también viví en ese “modo automático”. Me levantaba ya corriendo, organizando mil cosas, pendiente de que todo el mundo estuviera bien. Que los niños fueran contentos al cole, que el trabajo saliera adelante, que mi pareja notara que estoy presente, que no se me olvidara ese mensaje de cumpleaños, que la nevera estuviera llena, que nadie notara mi cansancio… Y así, sin querer, fui desapareciendo un poco de mi propia vida.
¿Te ha pasado? Esa sensación de que estás haciendo muchas cosas, pero no sabes muy bien para qué. Que estás cumpliendo, resolviendo, apoyando… pero te cuesta conectar con lo que tú quieres, sientes o necesitas.
Los «tengo que» se nos comen los «quiero»
Vivimos con una lista de “tengo que” en la cabeza que no se agota nunca. Y con cada “tengo que”, solemos dejar un “quiero” para después. El problema es que ese “después” no siempre llega. Porque después hay otra cosa. Y otra. Y otra.
A veces ni siquiera es que no tengamos tiempo, es que hemos olvidado cómo usar el tiempo para nosotras/os. Y más aún, hemos perdido el hábito de preguntarnos: “¿Qué quiero yo?”
Y aquí no hablamos de egoísmo. Al contrario. Hablo de salud mental, emocional, y de presencia consciente. Porque cuando no sabemos lo que queremos, vivimos desde el deber y no desde el querer. Y eso, a largo plazo, desgasta. Mucho.
Pero… ¿cómo voy a saber lo que quiero si no paro nunca?
Pues esa es la clave. Para poder saber lo que quieres, hay que parar. Y eso a veces da miedo. Parar puede hacernos sentir culpables (“con todo lo que tengo que hacer, no puedo permitirme esto”), inútiles (“si no estoy haciendo algo, siento que pierdo el tiempo”), o incluso incómodas/os (“¿y si al parar me doy cuenta de que no estoy donde quiero estar?”).
Pero parar no es huir, ni rendirse, ni abandonar. Parar es escuchar.
Y escuchar requiere espacio, silencio, honestidad y, aquí viene lo más difícil, ser valiente.
Porque a veces lo que quieres no encaja con lo que se espera de ti. A veces lo que deseas con fuerza te da miedo. A veces no sabes cómo empezar a pedirlo. Pero no importa. Lo importante es empezar por reconocértelo a ti.
¿Qué quiero yo, de verdad?
No hace falta que respondas ahora. Pero te invito a que, cuando puedas, encuentres un momento para hacerte esta pregunta. Escríbela si quieres. Haz una nota en el móvil. Dila en voz alta cuando te duchas, cuando vas caminando sola, cuando estás en un atasco o mientras doblas ropa.
Pregúntate con honestidad:
- ¿Qué quiero yo en esta etapa de mi vida?
- ¿Cómo me gustaría sentirme?
- ¿Qué cosas me están restando más de lo que suman?
- ¿Qué decisiones estoy postergando?
- ¿Qué necesito empezar a soltar?
Y si al principio no tienes respuestas, no pasa nada. A veces, solo hacerte la pregunta ya cambia cosas por dentro. Lo sé porque lo he hecho.
Un ejercicio sencillo para reconectar contigo
Te propongo algo muy sencillo y poderoso. Durante una semana, cada noche antes de dormir, anota (o piensa) en:
- Algo que hiciste para ti ese día (aunque fuera pequeño).
- Algo que necesitaste y no te diste.
- Algo que te gustaría hacer al día siguiente solo porque sí.
Verás cómo, con el paso de los días, empiezas a escucharte más. Empiezas a reconocerte.
Lo que quieres importa (aunque no siempre sea cómodo)
Sí, lo que quieres importa. Y aunque no siempre sea fácil de conseguir, tenerlo claro te da dirección. Te permite tomar decisiones más alineadas, decir “no” sin culpa, pedir ayuda, priorizar, buscar espacios… vivir más conectada/o contigo.
Y cuando tú estás más conectada/o contigo, todo a tu alrededor cambia. No porque hagas más. Sino porque haces con más sentido.
No podemos vivir solo en los demás
Es maravilloso cuidar, acompañar, estar ahí para quienes queremos. Pero también hay que estar ahí para nosotras/os. Porque si no, ¿quién lo va a hacer?
Y no, no es cuestión de ser perfecta/o, ni de encontrar el equilibrio ideal todos los días. Es cuestión de tenerte en cuenta. De recordarte en tu propia vida. De dejar de vivir solo desde lo que “hay que hacer” y empezar, poco a poco, a vivir también desde lo que tú quieres vivir.



