Mitos sobre la maternidad y la paternidad que condicionan la relación

Lo que nos contaron sobre ser padres… y no ayuda en pareja

Convertirse en madre o padre es una de las experiencias más transformadoras que puede vivir una persona. Pero junto con el nacimiento de un hijo, nacen también un montón de expectativas, creencias y mandatos sociales que nos dicen cómo debemos ser, cómo debemos comportarnos y qué se espera de nosotros… como madres, como padres y —ojo— como pareja.

El problema es que muchas de esas creencias no solo no ayudan, sino que cargan la mochila de la maternidad/paternidad de un peso emocional innecesario. Y en esa carga, la pareja, poco a poco, empieza a quedar arrinconada.

Hoy quiero hablarte de algunos de estos mitos que muchas veces aparecen de forma silenciosa, pero que terminan afectando profundamente la relación.

Mito 1: “Cuando nace un hijo, la pareja se fortalece”

Qué bonito suena pero qué peligroso es.

Este mito parte de la idea de que tener un hijo “une más” a la pareja. No digo que no pueda ser así en algunos casos. Pero en la mayoría, lo que ocurre es lo contrario: aparece el cansancio, las discusiones sobre cómo educar, los desacuerdos sobre el reparto de tareas, la falta de tiempo y de espacio personal… y si la pareja no estaba bien cimentada antes, todo eso empieza a hacer grietas.

Una pareja que se descuida pensando que el amor se fortalece automáticamente con un hijo corre el riesgo de dejar de ser equipo. La llegada de un hijo no refuerza vínculos por arte de magia. Lo que sí hace es poner a prueba lo que ya hay.

Mito 2: “Ser buen padre/madre significa anteponer siempre a los hijos”

Este es un clásico. La creencia de que para ser un padre o madre “de verdad” hay que poner a los hijos por delante de todo. Incluso —o especialmente— por delante de la pareja.

Y esto, a largo plazo, no es sostenible. Porque cuando los hijos crecen (y lo hacen más rápido de lo que pensamos), muchas parejas se descubren siendo desconocidos que comparten casa pero no vida.

No se trata de elegir entre los hijos o la pareja, se trata de no olvidarse de la pareja como relación, como espacio compartido de disfrute, cuidado mutuo y conexión íntima. Hay que cuidar a los hijos, sí. Pero también a la pareja. Porque si la pareja se rompe, el impacto en los hijos también es grande. Y porque una relación cuidada es el mejor ejemplo que les podemos dar.

Mito 3: “El instinto lo puede todo”

Nos dicen que ser madre o padre “viene de forma natural”. Que cuando tienes un hijo “sabes lo que hacer”.

Y claro, cuando no es así, aparece la culpa. Porque no todo el mundo se siente conectado con su bebé desde el primer minuto, ni todo el mundo sabe cómo gestionar las noches sin dormir, las dudas, los miedos, el agotamiento emocional…

Y en medio de todo eso, muchas veces se rompe el diálogo con la pareja. Cada uno gestiona como puede, desde lo que cree que “debería” estar sintiendo o haciendo. Y esta falta de comunicación real abre una distancia que cuesta recuperar.La maternidad y la paternidad no se improvisan. Y no pasa nada si no sabemos. Aprender en pareja, acompañarse, hablarse desde la vulnerabilidad, es mucho más real y valioso que cualquier instinto idealizado.

Mito 4: “El deseo sexual desaparece y ya está”

Este es uno de los mitos más silenciosos pero también más dañinos. Parece que cuando tienes hijos ya “no toca” hablar de sexo, de deseo, de cuerpo, de placer. Como si la maternidad y el erotismo fueran incompatibles. Como si ser padres fuese una especie de “ascenso” a una vida asexual donde lo importante es solo el bebé.

Y no. El deseo no se va porque sí, se transforma. Necesita otros tiempos, otras formas, otro ritmo. Pero no podemos asumir que simplemente “ya no hay”. Porque si no se habla, si no se busca, si no se reaviva de alguna forma, la distancia crece.

Mito 5: “Tenemos que estar de acuerdo en todo como padres”

Y aquí aparece el ideal de la “unidad” como progenitores. Pero… ¿de verdad crees que vas a coincidir en todo con tu pareja? En la forma de educar, en los límites, en los tiempos de pantalla, en el uso del chupete, en cómo darles la merienda…

No. No van a estar de acuerdo en todo. Y eso no es malo. Lo importante no es pensar lo mismo, sino poder hablar de las diferencias desde el respeto. Y eso implica asumir que los desacuerdos no son un ataque personal, sino una oportunidad para que se conozcan mejor como equipo parental y como pareja.

Las discusiones por los hijos no son el problema. El problema es cómo se discute. Porque una discusión mal gestionada desgasta, mientras que una bien llevada puede incluso unir.

¿Qué podemos hacer con todos estos mitos?

Lo primero: detectarlos. Pararse a mirar qué creencias han ido entrando en la relación y cómo les están afectando. Y luego, abrir espacios de comunicación para poder hablar de ello.

  • ¿Cómo se están sintiendo en esta etapa?
  • ¿Qué echan de menos?
  • ¿Qué necesitan uno del otro?
  • ¿Cuánto tiempo se están dedicando como pareja, más allá del rol de padres?

Sí, ser padres cambia la relación, pero no tiene por qué romperla. De hecho, puede ser un camino de crecimiento para ambos… si se hace con consciencia, con diálogo y con mucho amor del bueno.

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